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Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda Shared for you

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812. El día de los muertos (Mexico)

From the podcast Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

·10:01

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Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com

Había una vez, arrullado por el espejo quieto del lago de Pátzcuaro y el murmullo de los pinares de Michoacán, un pueblo de calles empedradas llamado Tzintzuntzan. Allí vivía Don Mateo, un hombre de setenta y siete inviernos, curtido por el sol de mil cosechas de maíz y con las manos agrietadas como la corteza del roble. Cuando el décimo mes del año tocaba a su fin, el viento del norte no traía frío de escarcha, sino un perfume inconfundible: la resina dulce del copal recién encendido, el humo de leña de encino y el aroma penetrante, casi mineral, del cempasúchil que ardía como oro sobre los surcos de la ladera.

Ese otoño, el primero de noviembre cayó sobre el pueblo con una quietud reverente. Hacía tres años que Mariana, su esposa y el compás de sus pasos, había emprendido el largo viaje hacia las llanuras del Mictlán. Y aunque la casa conservaba su risa en cada rincón, Mateo sentía en el pecho ese hueco que la memoria no termina de llenar.

Desde el alba, el anciano no descansó. Limpió el patio con ramas de romero fresco y comenzó a levantar la ofrenda en la sala de adobe, respetando con pulso devoto los siete niveles que marcan el tránsito del alma entre la tierra y el cielo.

Cubrió cada peldaño con manteles de lino hilado a mano, y sobre ellos tendió el papel picado, cuyos calados de esqueletos bailarines, guitarras y lunas ondeaban con la menor corriente de aire, sirviendo de aviso etéreo si un espíritu rozaba la estancia.

En el primer escalón, a ras del suelo, trazó una cruz con ceniza volcánica y sal pura en grano: la tierra de donde venimos y el condimento que preserva el alma de perderse entre las sombras del camino.

En el segundo, dispuso una vasija de barro negro con agua de manantial, clara y fría, para que el viajero calmara la sed atroz provocada por cruzar los desiertos y sortear las corrientes del gran río Apanohuayan.

En los siguientes niveles colocó las ofrendas que alimentan los sentidos. Había pan de muerto barnizado con mantequilla y agua de azahar, coronado por una bolita de masa que representaba el cráneo y cuatro canillas cruzadas en recuerdo de los huesos y los cuatro rumbos del universo náhuatl. Puso calaveritas de azúcar con el nombre Mariana escrito en betún vegetal sobre la frente; mandarinas maduras de cáscara tersa; cañas de azúcar rajadas en cruz y mazorcas de maíz morado.

En el corazón del altar, sobre un plato hondo vidriado, sirvió el mole negro espeso, aquel que Mariana solía preparar durante dos días enteros moliendo chiles pasilla, mulato y chipotle quemado en el metate, aromatizado con canela, plátano macho y chocolate amargo. El vapor que desprendía el plato subía denso y oscuro, perfumado con la grasa tierna del guajolote. A su lado, un jarro humeante de atole de guayaba, su rebozo de lana negra doblado sobre una silla de tule y una cajita de latón con su peine de carey y su espejo de azogue, para que pudiera arreglar su cabello tras la fatiga del cruce.

En el peldaño más alto, enmarcada en madera dorada, reposaba la fotografía de Mariana tomada el día de su fiesta patronal: joven, con la trenza cruzada sobre la frente, una sonrisa tímida y los ojos vivos devorando la cámara.

Cuando la tarde cedió su lugar a un cielo de tinta azul salpicado de estrellas, Mateo salió al patio con tres canastos de carrizo repletos de botones apretados de cempasúchil. Se sentó en un banquito bajo el tejaban y comenzó la tarea más paciente de la noche: deshojar. Con sus dedos gruesos arrancó los pétalos encendidos, sintiendo el aceite vegetal que le impregnaba la piel de un amarillo brillante.

—Cempohualli xóchitl —murmuró en voz baja, recordando las palabras de sus abuelos—. Veinte flores, veinte soles para alumbrar la senda.

Desde la pesada puerta de madera que daba a la callejuela de tierra, Mateo comenzó a derramar los pétalos, trazando una alfombra espesa, mullida y luminosa que serpenteaba a lo largo del zaguán, cruzaba el patio y subía los escalones hasta el pie exacto del altar. No dejó un solo tramo sin cubrir; la senda dorada resplandecía en la penumbra como una brasa continua. Encendió hileras de cirios de cera de abeja, cuyas llamas amarillas proyectaban sombras alargadas contra las paredes encaladas, mientras en el sahumador de barro el copal chisporroteaba, soltando densas columnas de humo blanco que ascendían en espiral, llevando las plegarias al cielo.

A la medianoche, las campanas del templo comenzaron a doblar con ese sonido grave y espaciado que eriza la piel, anunciando que las puertas del inframundo se abrían para las ánimas adultas. Afuera, en el panteón del pueblo, miles de velas titilaban sobre las tumbas como un campo de luciérnagas terrenales.

Mateo se sentó en su mecedora de mimbre, envuelto en un sarape de Saltillo. El frío de la noche calaba los huesos, pero él no se movió. Tenía la mirada fija en la puerta entreabierta.

Pasaron las horas en un silencio que se espesaba con el olor a cera quemada. El sueño comenzó a pesarle sobre los párpados cansados; la cabeza se le venció sobre el pecho y sus ojos se cerraron.

Fue exactamente a las tres de la madrugada cuando ocurrió.

No hubo pisadas de botas ni roce de faldas sobre la tierra, pero de pronto, el aire de la habitación mudó por completo. La corriente fría que entraba por el zaguán cesó de golpe, sustituida por una calidez suave, idéntica a la que desprende un horno de leña al apagarse. Las llamas de las velas, que antes bailaban nerviosas con el viento nocturno, se enderezaron como lanzas doradas, inmóviles, ardiendo con una quietud sobrenatural.

El papel picado azul y morado crujió muy despacio, como si alguien lo apartara con la yema de los dedos para pasar. El humo del copal se dobló en el aire, envolviendo el plato de mole y el cántaro de atole en un remolino transparente. El perfume de las flores se volvió tan dulce, vivo y fresco que parecía recién cortado del rocío matutino.

Mateo no despertó del todo, pero en ese estado transparente entre la vigilia y el sueño, sintió un peso ligero sobre el respaldo de la mecedora. Unos dedos delgados, de una tibieza ingrávida, se posaron sobre su hombro derecho y acariciaron el borde de su cuello con la misma ternura con la que ella lo despertaba en las mañanas de siembra.

No había dolor, no había llanto, ni sombra alguna de espanto. Solo una paz inmensa que llenó la habitación entera, borrando de un soplo los tres años de silencio.

Al despuntar el alba, cuando los primeros rayos del sol tocaron la niebla del lago y las velas terminaron de consumirse en charquitos de cera derretida, Mateo abrió los ojos. La mecedora estaba quieta. El camino de cempasúchil mostraba una leve hendidura en el centro, como si una brisa continua hubiera caminado sobre los pétalos.

Mateo se levantó con paso firme, se acercó al altar y tomó un sorbo del vaso de agua: estaba templada y sabía a ausencia satisfecha. Miró el retrato de Mariana en lo alto, aspiró el aire cargado de copal y canela, y por primera vez en muchos meses sonrió con el alma en calma. Supo que la muerte no borraba el camino, que el amor tenía memoria de sangre y flor, y que mientras sus manos pudieran deshojar un cempasúchil, la mesa en noviembre jamás estaría vacía.