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Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda Shared for you

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811. La calabaza de Halloween (Irlanda)

From the podcast Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

·08:38

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Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com

Había una vez en una vieja aldea de Irlanda  un herrero astuto llamado Jack, a quien todos conocían como el Tacaño de lengua afilada y corazón mezquino, más amigo de la taberna y el engaño que del trabajo honesto. Su fama de embaucador cruzó valles y colinas hasta llegar a los oídos del mismísimo Diablo, quien, intrigado por semejante alma podrida, decidió subir al mundo de los vivos para reclamarlo lo antes posible ya que estaba listo para ser recibido en el infierno. 

Lo encontró tambaleándose por un camino de tierra, con el aliento espeso a cerveza rancia. Al ver la figura encorvada y oscura que le cerraba el paso, Jack comprendió de inmediato quién venía a buscarlo. Sin embargo, siendo un hombre que había vivido grandes experiencias en su vida, no tembló.

—Iré contigo —le dijo con fingida resignación al diablo—, pero antes concédeme un último trago en la posada. Una última jarra para despedirme del calor de los hombres.

El Diablo, confiado en su presa, aceptó y lo acompañó. Tras beber hasta el fondo del vaso, Jack se encogió de hombros y admitió que no tenía con qué pagar la cuenta.

—¿Por qué no demuestras tu poder y te transformas en una moneda de plata? —le sugirió Jack al maligno—. Así pagaré al posadero y, una vez que te dejen en el cajón, recuperarás tu forma y nos iremos al abismo.

Tentado por la vanidad, el espíritu oscuro dio un giro y cayó sobre el mostrador convertido en una reluciente moneda. Jack, rápido como una liebre, la atrapó y se la metió en el bolsillo, justo al lado de una pequeña cruz de plata que llevaba consigo. Atrapado por el poder del símbolo, el Diablo no pudo salir de su prisión metálica. Chilló y maldijo desde el forro del saco, hasta que Jack le arrancó una promesa:

Yo se que eres muy poderoso y que puedes tratar de llevarme en cualquier momento pero solo te soltaré si me dejas en paz diez años enteros.

Sin más remedio al estar atrapado en el bolsillo de Jack , el demonio aceptó a regañadientes y así Jack lo dejo salir y continuó con su vida mundana, riendo de su propia astucia.

Pasada una década, en una tarde fría de otoño donde las hojas secas crujían bajo los pies, el Diablo regresó. Apareció en una granja solitaria al borde de un maizal, señalando a Jack con un dedo renegrido.

—Se acabó el plazo, herrero. Ha llegado la hora de tu viaje y te he de decir que mis demonios te están esperando con un recibimiento muy caluroso. Si sabes a que me refiero..

Jack suspiró, frotándose las rodillas cansadas, y miró hacia lo alto de un manzano viejo que crecía en la orilla del campo.

—Iré, pero este camino es largo y árido. ¿Podrías subir a este manzano  y bajarme una de esas frutas maduras de la copa? Me gustaría morder la fruta de la tierra una última vez.

Pensando que no había escape posible a mitad de un campo desierto, el Diablo trepó con agilidad felina. En cuanto sus pies dejaron el suelo, Jack sacó su navaja de herrero y talló cruces profundas en la corteza del tronco por los cuatro costados. El diablo sintió un poder más allá de su fortaleza que no lo dejaba bajar de las ramas. Otra vez vencido, el ser oscuro rugía entre las ramas, incapaz de descender rozando la madera bendita.

—Déjame bajar, Jack —gritó, mientras el viento de la tarde aullaba entre los campos.

—Mira yo se de nuevo que eres muy poderoso, pero te dejare bajar Solo si prometes, por los siglos de los siglos, que jamás volverás a buscarme y que las puertas de tu infierno permanecerán selladas para mí no importa lo que pase.

Derrotado y humillado, el Diablo juró cumplir. Jack borró las marcas de las cruces de la corteza y vio cómo la sombra se desvanecía entre el humo y el barro.

Pero la vida de los hombres es corta, y los años pasaron sin piedad. El cuerpo de Jack cedió al frío y un día cualquiera murió en su cama. Su alma errante ascendió hacia las puertas del cielo. Al llegar, San Pedro lo miró con severidad tras los cerrojos dorados:

—Un momento dijo el cuidador de las puertas del cielo . Lo siento mucho pero Aquí no entras, Jack. Aquí tengo tengo todo el registro de tus travesuras en la tierra y te dire que Tu vida fue avara, tramposa y llena de soberbia. No hay lugar para ti entre los justos. Así que a ahuecar el ala y a volar mijito.

Desamparado, Jack descendió hacia las cavernas oscuras de la tierra donde le habían dicho que quedaba el infierno. Pero al golpear las puertas ardientes, el Diablo entreabrió la reja con una mueca burlona:

—Ja …El que quería ver …Hicimos un trato, Jack. Juré que jamás recibiría tu alma, y no romperé mi palabra. Así que te dire que estás condenado a vagar por la nada ya que me llegaron noticias de que en el cielo no te recibieron.

—Pero al menos digame ¿Hacia dónde voy? —preguntó Jack, aterrado ante la negrura absoluta que lo rodeaba, donde no existía camino ni estrellas—. No hay luz para guiar mis pasos.

Por toda respuesta, el Diablo tomo una pequeña brasa ardiente , que nunca se consumía, salida de los hornos del infierno y la tiro a los pies de Jack diciendole, Aquí tienes algo para que te alumbre. 

Jack se arrodilló entre las tinieblas y recogió la brasa. Para protegerla del viento helado que soplaba en los confines del mundo, sacó un nabo crudo que llevaba en la alforja, le vació el centro con las uñas e introdujo el carbón incandescente. Y comenzó a caminar y caminar sin rumbo fijo.

Desde entonces, en las noches de Samhain, cuando el velo entre los mundos se hace delgado como una telaraña, cuentan los campesinos que se ve a Jack el de la Linterna vagar entre las sombras  de las cosechas y los pantanos buscando algún sitio donde guarecerse.

Años después, cuando la leyenda cruzó el mar, los emigrantes reemplazaron aquel viejo nabo por la calabaza, de cáscara más ancha y fácil de tallar, dejándole una luz dentro y colocando la calabaza con agujeros en las puertas de las casas para recordar al caminante errante y advertir a las sombras que sigan de largo.