Skip to content
KidCastslittle ears. big adventures.
← Back to the podcast
Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda Shared for you

LISTEN TO THIS EPISODE

810. Burlón la Calabaza

From the podcast Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

·07:23

Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.

Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com


Había una vez En lo alto de una colina donde la niebla de otoño solía descansar como una manta vieja, una granja de un granjero muy amable llamado don Mateo. Era Octubre  y siempre esta época transformaba aquel lugar, pero ese año parecía vibrar con un secreto propio que lo hacia más especial. El cultivo de calabazas había surgido más bello que nunca.  Entre tallos retorcidos y hojas secas de tono ocre, crecían decenas de ellas: redondas, achatadas, gigantescas y diminutas.

En medio de todas destacaba una calabaza llamada Burlón. A diferencia de sus vecinas, que pasaban el día tomando el sol para inflar sus costados lisos y relucientes, Burlón había crecido con una hendidura chueca en la corteza y un tallo curvado hacia un lado, como un sombrero ladeado.

—No te esfuerzas por ser simétrico —le decía Casimiro, una calabaza enorme y pulida que aspiraba a presidir la entrada de la casa principal—. Recuerda que Las mejores calabazas para la Noche de Brujas deben ser perfectas. Si no, nadie querrá tallar una sonrisa en ti; terminarás en una olla ignorada por todos. 

Burlón solo reía con un crujido sordo bajo su cáscara.

—La noche de Halloween no busca perfección, Casimiro. Busca misterio, sombras y un poco de picardía —respondía siempre, mirando cómo los cuervos hacían equilibrio sobre el espantapájaros de paja.

La tarde del 31 de octubre cayó de golpe, arrastrando un viento frío que desnudaba los robles. Los niños de el pueblo cercano llegaron corriendo con canastas y carretillas, buscando las calabazas más redondas para sacarles el interior, tallarlas con ojos, nariz y boca  y colocarles velas para que parecieran fantasmagoricas. Uno tras otro, Casimiro y sus lustrosas compañeras fueron seleccionados y llevadas con orgullo.

Cuando todas fueron cargadas y llevadas el parche quedó en completo silencio.Y  Burlón se encontró solo totalmente solo bajo la luz plateada de la luna llena.

Entonces, el bosque que bordeaba la colina empezó a despertar.

No eran monstruos temibles, sino las pequeñas criaturas de la noche que aguardaban su propio festejo: erizos con hojas pinchadas en el lomo, búhos de ojos dorados, un par de mapaches curiosos y un zorro de cola espesa. Se acercaron al claro donde aún vivía Burlon, pero la oscuridad era tan densa bajo los árboles que tropezaban entre las raíces secas y como la luna se había ocultado brevemente detrás de una nube no podían ver más allá de sus narices.

—Nos falta la linterna del bosque —susurró el búho desde una rama baja—. Sin una señal, los duendes y las sombras traviesas se perderán el baile del maíz.

Burlón pudo oír la queja e inmediatamente sintió un cosquilleo recorriéndole las entrañas de pulpa y semillas.

—¡Aquí abajo! —llamó con voz firme—. Yo soy una calabaza y puedo ser una linterna si me abren para colocar dentro alguna luz. Así lo hacen los niños en todas partes. Solo necesitan abrir una ventana para que salga la luz.

El zorro se acercó intrigado. Con la uña afilada de su pata delantera, siguiendo las grietas naturales de Burlón, retiró con cuidado el tallo superior. Luego, un grupo de ratones de campo colaboró para limpiar el interior comiéndose el rico contenido que tenía Bufon por dentro, dejando la corteza limpia y delgada. En lugar de una sonrisa geométrica o dientes cuadrados de feria, aprovecharon la forma chueca de la cáscara para delinear ojos rasgados como medias lunas y una mueca ancha, torcida y cargada de misterio antiguo.

Para terminar, una bandada de luciérnagas tardías, que guardaban su último brillo antes del invierno, se deslizó por la abertura y se acomodó en el fondo de aquella calabaza.

El brillo que brotó de Burlón no parpadeaba como una vela común; emitía un resplandor verde esmeralda y ámbar que proyectaba sombras danzantes sobre la tierra arada. Su expresión torcida cobró vida propia, como si la mismísima noche de Halloween hubiera plantado su risa en la colina.

Guiados por aquella luz viva y desafiante, los animales que habían esperado con ansias la llegada de la noche mágica de Halloween comenzaron a salir del bosque y se dirigieron hacia aquel campo vacío de calabazas donde los primeros en llegar habían preparado todo para una gran celebración. Durante toda la noche alrededor de Bufon se reunieron cientos de animales danzando y contando historias de terror y escuchando como los grillos tocaban melodías muy antiguas. Todos finalmente celebraron su fiesta secreta entre las hileras de calabazas cosechadas, hasta que las estrellas empezaron a palidecer.

A la mañana siguiente, cuando el granjero subió a revisar el campo, encontró a Burlón con una sonrisa que nunca había visto anteriormente, con su tallo ladeado y una extraña luz tenue que aún parecía brotar de sus ojos rasgados y  Don Mateo sin entender que había pasado sonrió de ver  a Burlón tan feliz y con mucho cuidado lo llevo hasta la entrada principal de su granja donde lo colocó sobre el poste más alto de la cerca, justo donde los caminos del hombre y del bosque se cruzaban, para recordar a todos que la magia de la  noche de Halloween siempre prefiere lo extraño y no simplemente  a lo que se ve perfecto.