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Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda Shared for you

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808. Cosiaca y la Muerte

From the podcast Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

·07:05

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Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com

Había una vez en las montañas de Antioquia un campesino llamado Cosiaca.  Este muérgano estaba 

tirado en un pretil, rascándose la barriga y espantando moscas con el sombrero de paja, cuando de repente se le plantó al frente la mismísima Pelona con su manto oscuro y una guadaña más brillante que machete nuevo.

—¡Cosiaca! Así te quería ver sinvergüenza —rugió la Huesuda con voz de ventarrón—. Aliste el carriel y deje la pereza, que se le acabó la cuerda en este valle de lágrimas. ¡apure pues que Nos fuimos!

Al pobre pícaro se le cayó el tabaco de la boca. El susto lo dejó más desteñido que costal viejo y las canillas le repicaban como castañuelas en fiesta de pueblo. Pero como a Cosiaca la astucia nunca se le iba de viaje, en menos de un segundo inventó el modo de torear a la intrusa.

Puso cara de ternero degollado, juntó las manos temblorosas y suplicó con tono compungido:

—¡Ay, doña Muerte, reina de los camposantos! Vea que yo he sido un montañero andariego, toma trago y sinvergüenza, pero cristiano de corazón. ¿Cómo me va a cargar con este tierrero de pecados encima? Deme siquiera un tiempito pa' ponerme a paz y salvo con el de Arriba. Yo le prometo que yo le cumplo todo lo que su merce ordene pero permítame organizarme antes de irme.

La Muerte, extrañada de ver a semejante vagabundo pidiendo perdón, bajó un poco la guadaña:

—A ver, lagarto, ¿y con qué cuenta va a salir pues?

—Regáleme un campito nomás para rezar mis cinco oraciones completicas antes de estirar la pata —rogó el hombre con un suspiro que casi tumba la tapia—. Le juro por las benditas ánimas del purgatorio que, apenas termine los cinco rezos, me voy con usted mansito y sin chistar. Y además puede estar segura que yo le cumplo sin faltar.

La Huesuda, confiando en el apuro del pecador, soltó una carcajada que sonó a tarro lleno de tuercas:

—Está bien, zángano. Veinticuatro horas le doy. Vuelvo mañana a esta mismita hora, apenas haya rezado las cinco. ¡Pilas pues!

Al día siguiente, puntual como campanada de iglesia, la flaca se apareció relamiéndose los dientes pelados:

—Bueno, Cosiaca. Ya tuvo su día extra de vida pa' despedirse del aguardiente. Ahora sí, camine ligero pal hoyo.

Pero allí estaba el socarrón campesino, recostado contra un horcón, mascando una brizna de pasto y con una serenidad que espantaba. Miró a la Muerte con una sonrisa socarrona y le soltó:

—Vea qué doña tan apurada... ¿Acaso usted no me empeñó su palabra de que me dejaba rezar mis cinco oraciones antes de arrastrarme pal otro barrio?

—Así fue, embustero —bramó la Muerte—. ¿O es que no ha rezado?

—¡Claro que sí, doñita! Pero es que el arrepentimiento sincero toma su buen tiempo ya que uno tiene que hacer un acto de contrición muy profundo y debe uno de recordarse de todos los detalles de cuando uno estaba pecando y la verdad es que el proceso debe hacerse con arto jundamento para que mi dios padre se sienta bien con uno. Y haciendo cuentas le cuento apenas llevo dos.

La Muerte abrió esas cuencas vacías, echando chispas de rabia:

—¿Cómo que dos, pedazo de holgazán? ¿Y cuándo carajos piensa rezar las tres que le faltan?

Cosiaca se caló el sombrero hasta las cejas, soltó una risotada pícara y le contestó:

—¡Ah, mija!... como entre usted y yo no arreglamos específicamente cuando seria y como yo consulte con un tinterillo que hace de abogado aquí en el pueblo le cuento que todo se debe hacer cunando me dé la regalada gana! Y hoy amanecí con una flojera que no me alcanza ni pa' persignarme. Si quiere se sienta a esperar, o váyase a dar una vuelta por las fondas de Jericó, que de pronto pal próximo siglo me da por rezar la tercera.

La Huesuda, lejos de enfurecerse o desenvainar la guadaña para quebrar el pacto, se quedó completamente quieta. Luego, un crujido seco resonó en el patio: era la Muerte soltando una carcajada muda que le desencajó la mandíbula de hueso. Con pasmosa calma, clavó el filo de su guadaña en la tierra, se despojó del manto negro y lo dobló con primor sobre el pretil.

Bajo la capucha no había furia, sino un alivio milenario.

Miró a Cosiaca de hito en hito, le guiñó una cuenca vacía y, cruzándose de piernas sobre la hierba, sacó de entre sus costillas un mazo de barajas gastadas y un frasco de aguardiente que nadie supo de dónde salió.

—¡Alabado sea el Santísimo! —exclamó la Muerte con una voz de pura parranda montañera—. Llevaba diez milenios esperando a un flojo redomado como vos. Si no rezás, el contrato queda suspendido... y mientras el contrato esté abierto, el Patrón de Arriba no puede mandarme más turnos de recogida ni exigir cuentas de nadie en este pueblo.

El pícaro abrió los ojos como platos de peltre mientras la Pelona le servía un trago generoso en una totuma y repartía los naipes sobre una piedra.

—Baraje ligero, Cosiaca —dijo la Muerte, relamiéndose los dientes con una sonrisa triunfal—. Gracias a su pereza, hoy entramos los dos a vacaciones indefinidas. Y pobre de usté donde se le ocurra rezar la tercera, mijo, porque el que le mocha la lengua... ¡soy yo!

Y dicen que el bueno de Cosiaca vivió hasta más de cien anos y que la muerte se quedo con el acompañándolo y en el mundo nadie más murió por más de un siglo.