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Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda Shared for you

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807. La utilidad de lo inutil (China)

From the podcast Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

·08:04

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Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com

Habia una vez un filósofo chino llamado  Zhuangzi quien era uno de los fundadores de el taoísmo clásico del siglo IV antes de cristo. Zhuangzi  estaba sentado sobre una roca tibia, con las piernas cruzadas y una caña de bambú en la mano, observando cómo la corriente arrastraba los pétalos caídos.

A unos pasos, su discípulo se paseaba de un lado a otro, con el ceño fruncido y las mangas de su túnica apretadas en puños nerviosos. Había pasado meses estudiando los ritos de la corte, memorizando las ordenanzas y afinando su elocuencia para servir al magistrado del distrito, pero esa mañana había sido rechazado por carecer de «agudeza práctica y obediencia servil».

—Maestro —dijo el discípulo, deteniéndose frente a él con la voz quebrada por la humillación—. El intendente me ha despedido diciendo que mis pensamientos son vagos, que mis modales no encajan en el protocolo y que soy tan inservible para el gobierno como una vasija agujereada. ¿Para qué me ha servido cultivar el espíritu, si no tengo utilidad alguna en el mundo de los hombres?

Zhuangzi no apartó los ojos del agua. Dio un suave tirón a su caña y, tras una pausa donde solo se oyó el zumbido de las libélulas, sonrió.

—Siéntate y limpia el polvo de tus sandalias —dijo el viejo maestro, palmeando la hierba a su lado—. Te afliges porque los hombres no han encontrado la manera de desgastarte. Escucha.

El joven obedeció, respirando con dificultad.

—En las colinas de Shang —comenzó Zhuangzi con voz pausada—, donde la tierra es dura y el viento corta como navaja, nacieron hace siglos dos retoños de roble. Uno de ellos brotó en la tierra blanda del sendero. Creció recto como una flecha disparada hacia las nubes; no tenía un solo nudo en su corteza ni una sola desviación en su médula. Todos los carreteros que pasaban lo señalaban con el dedo: «¡He aquí madera noble! ¡He aquí una viga digna del palacio del duque!». El árbol se sentía honrado por las miradas y se esforzaba cada primavera por erguirse aún más derecho, buscando la aprobación de los viajeros.

»El otro brotó en la grieta de una roca escarpada. Para no ser despeñado por las tormentas, retorció sus raíces como garras de dragón. Para buscar la luz esquivando los peñascos, su tronco se quebró en tres ángulos imposibles, hinchándose de nudos, cicatrices y cavidades oscuras. Ninguna tabla plana podía sacarse de su lomo; ninguna cuchara podía tallarse sin que la madera se astillara en pedazos. Los leñadores pasaban a su lado, escupían en el suelo y decían: «Basura de monte. No sirve ni para atizar el fuego, pues su humo cegaría a cualquiera».

El discípulo escuchaba con atención, reconociendo el reproche implícito.

—Pasaron cincuenta años —continuó Zhuangzi, agitando suavemente la caña—. Llegó el carpintero Shi de camino al estado de Qi, seguido de cien aprendices con hachas relucientes. Al ver al roble recto, los ojos del maestro carpintero brillaron de codicia. «¡Derribadlo!», ordenó. Antes de que el sol cayera al horizonte, el árbol recto conoció el mordisco del hierro. Sus ramas fueron amputadas, su carne pulida, y su tronco transformado en el pilar central de un tribunal donde los jueces gritan y condenan a muerte a los reos. Ahora está seco, pintado de rojo bermellón, sosteniendo un techo pesado sobre su cabeza muerta, sin volver a sentir jamás el rocío ni el viento del este. Cumplió su destino: fue útil, y por serlo, fue destruido.

Zhuangzi miró entonces fijamente a su discípulo, clavando en él sus ojos brillantes y llenos de ironía benévola.

—Pero aquel roble torcido, el que no servía para mesas ni para vigas ni para leña, siguió en su peñasco. Nadie fue a medirlo con una cuerda. Nadie alzó un hacha contra su cuerpo. Con los siglos se volvió tan inmenso que su copa cobijaba a un millar de bueyes bajo el sol del mediodía. En los huecos de su corteza anidaron las lechuzas; en sus ramas curvas los pastores durmieron la siesta sin temor a caerse. Vivió la vida entera que el Cielo le concedió, intacto, soberano y en paz.

El maestro apoyó la caña sobre sus rodillas y señaló el pecho del joven con un dedo nudoso:

Yo soy tu maestro y como sabes mi doctrina busca resaltar la utilidad de lo inútil. De esta manera debo decirte que los objetos útiles son destruidos por su propio merito. El árbol recto es derribado porque sirve para las vigas y en cambio el árbol torcido no compite, no encaja en las medidas del carpintero y precisamente por eso, conserva su integridad y completa el cicla natural que el cielo le otorgo

—Tú vienes a mí llorando porque no te han convertido en viga de palacio, porque ningún ministro ha querido usarte como tabla para asentar sus decretos. Te lamentas de tu «inutilidad», ciego al inmenso regalo que te han hecho. ¿Por qué quieres que te poden, te sierren y te barnicen para el provecho ajeno? Alégrate de ser torcido ante los ojos del mundo vulgar. Plántate en el páramo de la Nada, extiende tus ramas hacia el vacío y aprende a sestear en la quietud de quien no le debe nada a nadie.

El discípulo guardó silencio. El viento del atardecer movió las hojas de los sauces a la orilla del río, y por primera vez en todo el día, sus puños se abrieron, descansando libres sobre su regazo.