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Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda Shared for you

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806. Los primeros

From the podcast Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

·04:08

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Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com

Había una vez, mucho antes de que el tiempo aprendiera a contar los inviernos, un jardín suspendido entre la niebla primordial. Allí habitaban dos criaturas transparentes, talladas con arcilla tibia y rocío: el Hombre y la Mujer.

No poseían secretos ni sombras. Cuando el viento soplaba del este, él cantaba con la voz de los minerales y ella danzaba al compás de las raíces; cuando caía la noche, dormían espalda con espalda, sabiéndose fragmentos dispersos de una misma estatua celestial que alguna vez había contemplado a los dioses sin pestañear. Eran hermosos en su soledad compartida, ligeros como hojas secas antes del fuego.

Sin embargo, en el centro de su pecho ardía una memoria ajena, una nostalgia que no les pertenecía. Recordaban una vieja leyenda susurrada por las serpientes: en el origen de los orígenes no existían dos voluntades, sino una sola forma perfecta, el Arquetipo sagrado, una entidad total donde el pensamiento y la acción, el cielo y la tierra, habitaban indivisos en un equilibrio absoluto.

—Si fuimos uno —dijo él un atardecer, mirándose las manos huecas—, vivir separados es una condena.

—Si fuimos divinos —respondió ella, cerrando los ojos al temblor del aire—, debemos volver a unirnos para recuperar la gloria.

Decidieron entonces dejar de ser dos. Se buscaron no con el roce tembloroso del afecto, sino con la furia devoradora de los alquimistas. Se apretaron pecho contra pecho, fundieron sus respiraciones hasta sofocarse y trenzaron sus voluntades con juramentos indisolubles. En su afán por suturar la herida cósmica, renunciaron al espacio que dejaba entrar la luz, confundieron la devoción con el asedio y cerraron los ojos a cualquier horizonte que no fuera el reflejo del otro.

Creyeron que de esa amalgama renacería la armonía original, la criatura radiante que gobernaba los mitos. Pero la anatomía del alma no tolera injertos forzados. De la fusión no brotó la divinidad prometida, sino una criatura de cuatro ojos ciegos por la costumbre, cuatro brazos que se aferraban para no caer y dos voces discordantes que se disputaban el mismo aliento.

Sin saberlo habían creado un monstruo que no se parecía en nada a cada uno de ellos y que además se proponía a consumir todo lo que ellos habían sido anteriormente. Este monstruo quería tener su propia vida y vivir su propia insistencia. Pero el monstruo necesitaba una nombre y finalmente se reconoció en lo que era. Se llamo pareja.