Shared for you
LISTEN TO THIS EPISODE
805.
Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com
Había una vez, en una casona de muros agrietados oculta tras la bruma de un valle sin nombre, un rosal silvestre que florecía con una intensidad casi sobrenatural: sus flores eran de un carmesí tan oscuro que parecía absorber la luz de la tarde.
Allí vivía Clara. Nadie en los alrededores recordaba cuándo había llegado, ni su voz se escuchaba jamás en los mercados del pueblo. Solo se sabía de ella por la silueta que recortaba el crepúsculo. Cada atardecer, con una puntualidad litúrgica, Clara salía al patio de piedra, arrancaba un único pétalo terso y se lo llevaba a los labios. Lo sostenía allí, cerrando los ojos mientras bebía de su savia fría y aromática. Había heredado la costumbre de una estirpe de mujeres olvidadas, portadoras de un antiguo proverbio: cuando una mujer besa un pétalo de rosa, se da un beso a sí misma.
Para Clara, aquel no era un simple gesto de consuelo; era un rito de pertenencia, un lazo que ataba su alma a su propia carne para que nada externo pudiera jamás quebrarla ni poseerla.
Un otoño, el silencio de la colina se rompió con la llegada de Mateo, un restaurador de mapas antiguos fascinado por los parajes que no figuraban en las cartas oficiales. Se instaló en una cabaña cercana, buscando la quietud necesaria para descifrar pergaminos velados por el moho.
La primera vez que Mateo la vio a través de la penumbra del jardín, el tiempo pareció detenerse. Clara estaba inmóvil, con los ojos cerrados y el pétalo entre los labios, rodeada de una quietud tan honda que el viento parecía no atreverse a rozarla. No había en ella rastro de soledad ni de espera; desprendía la fascinante autosuficiencia de los mitos. Mateo, habituado a perseguir enigmas sobre el papel, sintió una devoción inmediata y desconcertante.
Comenzaron a encontrarse en el linde de los terrenos. Al principio fueron miradas; luego, palabras escasas que flotaban en el aire como ceniza. Clara hablaba con una serenidad que a Mateo le erizaba la piel: nunca prometía nada, nunca pedía nada. Era entera, intocable.
Una noche, cuando la niebla bajó hasta cubrir los rosales, Mateo no pudo contener la pregunta que llevaba semanas rondándole el pecho:
—¿Por qué cada tarde tomas ese pétalo?
Clara lo miró con unos ojos que parecían guardar memorias de otros siglos, y rozó con sus dedos el borde de sus propios labios.
—Cuando una mujer chupa un pétalo de rosa, se da un beso a sí misma —susurró—. Quien no sabe besarse a solas, busca que otro lo habite como a una casa vacía. Yo nunca he estado vacía. Y nadie que no comprenda eso podrá jamás tocarme.
Mateo dio un paso hacia ella, vencido por un amor que rozaba el fervor.
—No quiero poseerte ni romper tu muralla, Clara. Solo quiero ser testigo de tu fuego.
Clara lo contempló en silencio, con una extraña ternura teñida de despedida, y por primera vez sonrió. Desprendió un pétalo del rosal, lo colocó entre sus labios y luego, tomando el rostro de Mateo con manos sorprendentemente gélidas, lo besó.
El beso fue tibio, embriagador, con un regusto metálico y dulce que le nubló los sentidos a Mateo. Sintió que caía en un pozo sin fondo donde el tiempo se disolvía.
A la mañana siguiente, Mateo despertó sobre la hierba húmeda del jardín. El sol apenas despuntaba entre la niebla. La casona de Clara estaba silenciosa, con las puertas abiertas de par en par. Cuando entró a buscarla, no encontró muebles, ni ropas, ni huellas sobre el polvo fino del suelo; el lugar parecía deshabitado desde hacía más de un siglo.
Clara no estaba. Nadie en el valle volvió a verla jamás.
Sin embargo, Mateo nunca pudo marcharse. Se quedó a vivir en la casona vacía, cuidando el rosal silvestre con una devoción callada. Y los pocos viajeros que cruzaban el sendero al caer la tarde contaban una historia inquietante: aseguraban que, entre la bruma del crepúsculo, se veía a Mateo inmóvil junto a las ramas espinosas, con los ojos cerrados y un pétalo carmesí entre los labios, sonriendo con la misma paz inexplicable de quien ha descubierto el secreto, sin saber si Clara fue una mujer que lo enseñó a amarse, o si ella, al fin, había aprendido a existir dentro de él.
KidCasts