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Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda Shared for you

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804. Los Cangrejos

From the podcast Había una vez...Un cuento, un mito y una leyenda

·06:45

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Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com

Había una vez, a orillas de un viejo muelle de madera desgastada por la sal y el tiempo, un viejo pescador que descargaba su faena al caer la tarde. Entre redes húmedas y cabos enrollados, colocó sobre los tablones una cubeta metálica, honda y sin tapa, que resonaba con el rumor constante de pinzas y caparazones.

Un caminante que pasaba por allí, curioso al ver la vasija repleta de cangrejos vivos que bullían unos sobre otros, se detuvo alarmado.

—¡Buen hombre! —advirtió con prisa—. Debe tapar ese recipiente de inmediato. El borde está muy cerca; si no lo cubre, en cualquier descuido treparán y se le escapará toda la pesca.

El pescador sonrió con la calma de quien conoce los secretos del agua y las flaquezas de la tierra. Negó despacio con la cabeza y señaló el interior del balde.

—Mire con atención —le dijo con voz reposada—. En este balde no hace falta tapa ni cerrojo alguno.

El caminante se asomó. En el fondo, entre la maraña de patas y miradas inquietas, un cangrejo vigoroso había encontrado un saliente en el metal. Con esfuerzo paciente comenzó a elevarse sobre los demás. Escaló paso a paso, dejando atrás la penumbra del fondo, hasta alcanzar casi el borde exterior, donde ya soplaba la brisa fresca del mar y se divisaba la libertad.

Pero justo cuando estiraba una de sus tenazas para asomarse al mundo libre, los que estaban abajo advirtieron su ascenso. Ninguno intentó imitar su esfuerzo ni buscar una salida propia; en su lugar, varias pinzas se alzaron con furia ciega, aferraron sus patas traseras y tiraron con fuerza despiadada. El cangrejo resbaló y cayó de golpe al fondo, devuelto a la misma trampa colectiva.

—¿Lo ve? —comentó el pescador—. No necesito gastar madera ni cuerda para retenerlos. Basta con que uno solo intente progresar para que los demás se unan en una sola labor: derribarlo. Nadie sube, nadie sale, todos se hunden juntos.

Ese balde de pescador no es más que el espejo de un mal antiguo que camina entre las personas: la envidia.

En la vida cotidiana, cuando alguien decide trepar con esfuerzo, aprender algo nuevo, emprender un camino distinto o asomarse a una vida más luminosa, rara vez encuentra la resistencia de los muros. El verdadero obstáculo suele ser el coro de quienes se quedaron abajo. El envidioso no sufre porque le falten fuerzas para subir; su tormento nace de ver que otro sí tiene la valentía de elevarse. No busca su propia libertad, sino la mediocridad compartida: prefiere que todos se queden atrapados en la cubeta antes que celebrar el triunfo ajeno.

Quien comprende esta lección aprende dos cosas: a no gastar energía intentando apagar la luz de quien avanza, y sobre todo, a no permitir jamás que las pinzas de la amargura ajena lo jalen de vuelta al fondo cuando ya roza la orilla de su propio horizonte.

El visitante guardó silencio durante un largo rato, mirando fijamente el fondo metálico donde el cangrejo caído yacía inmóvil, confundido entre las sombras de los demás. La brisa marina traía un olor a salitre y a viaje lejano, pero dentro de aquella cubeta el aire parecía espeso, viciado por el empeño inútil de retenerse mutuamente.

Con las manos apoyadas en el borde de madera del muelle, el hombre suspiró y habló en voz baja, casi para sí mismo:

—Qué ceguera tan triste, patrón... He pasado años creyendo que las jaulas más difíciles de romper son las que tienen barrotes de hierro o cerrojos pesados. Pero la peor prisión no necesita rejas; se sostiene sola cuando los prisioneros se convierten en sus propios carceleros.

Apartó la mirada del balde y la clavó en el horizonte abierto del mar, donde las olas rompían libres contra los pilotes.

—Pensaba en cuántas veces he visto esto lejos del agua. En cuántas familias, talleres o pueblos enteros la gente prefiere ahogarse en la queja antes que dejar que uno de los suyos prospere. Si tan solo uno lograra salir, marcaría el camino para todos. Pero la envidia no tiene visión de futuro; solo tiene rencor de presente. Prefiere la ruina compartida a la dicha ajena.

El caminante se enderezó, miró una última vez la cubeta y luego al anciano pescador, asintiendo con una mezcla de amargura y determinación.

—Me voy con una advertencia grabada en el pecho: cuando me toque escalar hacia la luz, tendré que subir rápido y sin mirar atrás. Y cuando me toque estar en el fondo, tendré que vigilar mis propias manos, no sea que en un descuido de amargura se me conviertan en pinzas y termine jalando hacia abajo a quien solo intenta encontrar la salida.