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803. El faquir
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Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com
Había una vez, en los confines de un antiguo y suntuoso reino de la India, un soberano llamado Cafio que creía haberlo visto todo. Sin embargo, los rumores que corrían de aldea en aldea hablaban de un hombre extraordinario: un faquir errante cuyos prodigios desafiaban las leyes de la carne y de la muerte. Era un ser único que podía tener poderes sobre el cuerpo que nadie podía imitar.
El rey, intrigado y escéptico a partes iguales, ordenó que lo trajeran a su corte de mármol y sedas. Cuando el asceta estuvo frente al trono, con ropas humildes pero con la mirada fija y serena de quien conoce los abismos del espíritu, le dijo al rey. Su majestad me ha mandado a llamar, para que me necesita
el monarca le preguntó:
—¿Cuáles son esas proezas que en tu nombre se pregona por mis tierras y que se dice que nadie en el mundo es capaz de igualar.
—Muchas, majestad —respondió el faquir con una inclinación pausada—. Entre ellas, el dominio absoluto sobre el aliento. Puedo reposar en el vientre de la tierra durante meses, o tal vez años, sin que la vida me abandone. Creo que nadie en el mundo podría hacer eso.
El rey sonrió con malicia y lanzó el desafío definitivo:
—¿Podrías permanecer sepultado diez inviernos y diez veranos, y emerger con vida?
—El faquir simplemente sonrió y con una mirada altiva le contesto sin titubear. Sin duda alguna, majestad
—Si lo logras —decretó el monarca ante sus cortesanos—, el día en que seas desenterrado te llevare a un templo que construire para ti en las montañas donde podrás orar y meditar a tu gusto. El faquir simplemente sonrio de nuevo sin mostrar ninguna otra emoción.
Se dio la orden de inmediato. En los jardines del palacio se cavó una fosa profunda, fría y oscura, y se mandó forjar un pesado féretro de plomo, impenetrable al aire y al agua. Antes de entrar en la oscuridad, el faquir se dirigió a la multitud. Con voz pausada y magnética, disertó sobre el desapego terrenal, la elevación del alma sobre los apetitos del mundo y el sagrado autodominio que hace posible trascender la materia. Su sabiduría conmovió tanto a nobles como a sirvientes; nadie dudó ya de que se encontraban ante un auténtico santo.
El hombre entró en el sarcófago, los sellos se cerraron con fuego y la fosa fue cubierta con toneladas de tierra. Por diez años completos, una guardia real custodió el lugar noche y día, viendo pasar lluvias, sequías y soles inclementes. Todos en el reino creían con certeza que bajo aquel suelo solo reposaba polvo y olvido; nadie esperaba volver a ver respirar al asceta.
Cumplido el décimo año, el pueblo entero acudió al sepulcro ya que todos habían esperado por mucho tiempo ese momento. Con solemnidad fúnebre removieron la tierra, esperando descubrir únicamente un montón de huesos y harapos. Rompieron los sellos y abrieron la tapa.
Para asombro de todos, el cuerpo yacía intacto, rígido y frío en una profunda catalepsia. Tras unos instantes al aire libre, un estremecimiento recorrió sus extremidades. El pecho se hinchó con una bocanada de aire profundo, los ojos se abrieron de golpe, luminosos y vivaces, y de un salto ágil el hombre se puso en pie.
Miró a su alrededor con urgencia feroz y gritó:
—Donde esta mi templo.
Un silencio helado cayó sobre el jardín. Nadie se movió.
El faquir repitió el reclamo, pero los soldados que lo rodeaban no vestían las libreas de seda púrpura que él recordaba, sino capas de cuero oscuro y armaduras toscas de un reino desconocido. Los guardias retrocedieron con las lanzas en alto, atónitos ante aquel espectro que salía de aquella tumba
Entre ellos dio un paso al frente un hombre mayor, vestido con túnicas de campesino, que lo contemplaba con los ojos desorbitados de quien ve a un muerto caminar.
—Hombre loco... —susurró el anciano—. ¿De qué rey hablas. Al tercer año de tu entierro, los ejércitos del norte invadieron la ciudadela. El palacio fue saqueado, el tesoro real confiscado hasta la última piedra, y el rey al que desafiaste murió en el asedio hace siete inviernos. Eres el único que aún recuerda aquel rey y su corte. y has pasado diez años durmiendo bajo tierra.
El faquir comprendió que lo que se le había prometido hace diez años nunca lo obtendría decidio hacer lo único que tendría sentido. Se acostó de nuevo en su sarcófago y con voz profunda dijo. Cierren de nuevo el ataúd y despiértenme cuando un rey pueda cumplir la palabra empeñada de otro rey.
Y se dice que aún esta allí dormido, enterrado y esperando.
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